El asesinato de un disidente en Cuba
Para las dictaduras los disidentes no existen. Son subversivos, terroristas, criminales o dementes. En este punto las dictaduras de derecha y de izquierda se parecen. Puede que en otros aspectos haya diferencias dignas de registrarse, pero desde el punto de vista político las posiciones de unos y otros son parecidas porque la concepción del poder es la misma. Una dictadura no pude admitir la disidencia porque ese reconocimiento destruiría su principio de autoridad. Las dictaduras totalitarias del siglo veinte se representan a si mismas como la expresión mayoritaria absoluta de la sociedad. Para esta imagen del poder no es concebible ninguna disidencia legítima. Los que se oponen son por definición delincuentes, o algo peor, y como tales merecen ser tratados.
Valgan estas consideraciones iniciales para entender por qué para la dictadura cubana Orlando Zapata Tamayo, el disidente muerto como consecuencia de una huelga de hambre, no es un preso político, sino un malhechor, un terrorista y, además, un loco. Son coherentes. El régimen que no soporta la menor disidencia, que no admite que pueda existir un sector de la sociedad opuesto a Fidel Castro, mucho menos puede reconocer que Zapata Tamayo sea una persona titular de derechos civiles y políticos. Dicho con otras palabras: si estos derechos no se los reconocen a las personas que transitan por la calle (iba a decir “ a los que están en libertad”, pero en Cuba nadie está en libertad, ni siquiera los alcahuetes del sistema prisioneros de su obsecuencia, de su miedo y permanentemente amenazados de caer en desgracia) mucho menos se lo van a reconocer a un preso, en este caso a un modesto albañil que decidió resistir hasta las últimas consecuencias con la ayuda -eso sí- de los sicarios del régimen que no vacilaron en apresurar su muerte, como muy bien lo denunció la madre del mártir, Reina Luisa Tamayo.
Hace treinta y ocho años moría en una huelga de hambre en La Habana el poeta Luis Boitel. El joven que había luchado contra la dictadura de Batista y luego se enfrentó al régimen comunista, atravesó por el mismo vía crucis de Zapata Tamayo. El caso no adquirió la dimensión internacional que merecía porque en esos tiempos un amplio sector de la opinión pública internacional simpatizaba con la revolución cubana y cuando ocurrían estos casos preferían mirar para otro lado. ¿Como en la URSS? Exactamente, como en la URSS, cuando los intelectuales silenciaban la existencia de los campos de concentración para no favorecer a la derecha.
Hoy no sucede lo mismo. Salvo una minoría de lunáticos o de canallas, una amplia mayoría del arco político, incluido la izquierda, tiene en claro que el régimen castrista no tiene nada que ver con la justicia y mucho menos con los ideales del hombre nuevo. Lo novedoso en todo caso ha sido el apoyo de los populismos latinoamericanos a la dictadura. A muchos de ellos los fascina el autoritarismo del régimen y en su imaginario suponen que Castro hizo en Cuba lo que ellos no pudieron o no se animaron hacer en sus países. De todos modos, el carácter despótico del régimen está fuera de discusión y, en todo caso, lo que se debate hacia el futuro es cómo será la salida política, si al estilo Vietnam, manteniendo la dictadura pero liberalizando la economía, o al estilo URSS, donde los titulares de las empresas públicas y los burócratas del Partido Comunista se apropiaron de ellas y se transformarán de la mañana a la noche en multimillonarios,
metamorfosis que, dicho sea de paso, no les costó demasiado hacer, porque desde hacía décadas estos caballeros habían dejado de creer en los ideales revolucionarios y su exclusiva relación con la política era el despotismo y el privilegio. El caso es singular. Castro asusta a a la indigente clase media cubana con el retorno de los exiliados de Miami, cuando en realidad el peligro de explotación y corrupción en la versión mas salvaje del capitalismo proviene de los burócratas comunistas que a esta altura del partido no creen en nada y en estos últimos cincuenta años han aprendido a masacrar huesos y cabezas para ganarse un lugar bajo el sol.
Salida a lo Vietnam o salida a la URSS, lo cierto es que en términos históricos las horas del régimen castrista están contadas. Así como en España la apertura democrática tuvo que esperar la muerte de Franco, en Cuba más o menos ocurrirá lo mismo. Como en toda dictadura cesarista la vida del régimen depende de la biología más que de la política. Yo lo siento por mis amigos izquierdistas y nostálgicos, pero ya se sabe que la muerte es de derecha.
Pero no nos extendamos en grandes disquisiciones ideológicas y reflexionemos acerca de la muerte de Zapata Tamayo, porque en ese episodio particular están contenidos todos los componentes de la cultura totalitaria. De Zapata Tamayo se dice que era albañil, pero se dice menos que, además, era negro. Para quienes conocen las modalidad cotidiana del régimen cubano, el color de la piel es importante. En Cuba el racismo en las variantes Ku Ku Klan no existe, pero sí mantiene vigencia un racismo más sutil, un racismo que no se anuncia con palabras pero que se practica en los hechos. En Cuba la mayoría de la población es negra o mestiza, pero el control político del sistema está en manos de los blancos. La revolución cubana ha proclamado la igualdad entre los hombres, pero en la estructura del poder comunista los negros son una insignificante minoría.
El régimen castrista lo ha acusado a Zapata Tamayo de lumpen y vago, pero no pudo acusarlo de terrorista, no porque no ha querido sino porque no ha podido. El disidente fue detenido en varias oportunidades, nunca por delitos de sangre sino por delitos ideológicos. La detención que inicia la saga que habrá de concluir con su muerte se produce en diciembre del 2002. Allí estará preso hasta marzo del 2003 y a los dos semanas lo encarcelan otra vez por iniciar una huelga de hambre. Allí le aplican tres años de prisión.
Pero el calvario de Zapata Tamayo recién empieza, porque las condenas más duras las recibe en la cárcel. Entre los años 2005 y 2006 le dictan veinticinco años de castigo. ¿Las causas? Desacato, resistencia a la autoridad y, la más grave de todas: faltarle el respeto a la investidura del Fidel Castro. Ni la dictadura militar argentina se hubiera animado a tanto. No conozco un régimen que en la cárcel aplique contra el preso condenas superiores a las que aplicó cuando estaba en libertad.
A estas condenas hay que sumarle un dato cotidiano que tampoco se menciona con demasiada insistencia. El preso fue sometido a torturas y vejámenes de todo tipo. Un año antes de su muerte debió ser sometido a una operación urgente por una aneurisma cerebral producto de una feroz golpiza recibida por los esbirros de Castro. Su madre -y yo le creo a esa mujer- asegura que su hijo no se murió de debilidad sino que fue asesinado.
¿Alguien puede probar lo contrario? Supongamos que Zapata Tamayo fuera un vago o un loco. ¿Eso justifica veinticinco años de cárcel y torturas? ¿Que diríamos en la Argentina, en la injusta Argentina capitalista, si nos enteráramos que un preso es sometido a estos vejámenes? ¿Que dirían los organismos de derechos humanos locales si supieran que algún disidente local fuera castigado de esa manera? Por lo pronto, los organismos de derechos humanos locales se han quedado callados y conociendo a algunos de sus dirigentes me animaría a decir que, además, han festejado esta muerte; por su lado otros han hecho silencio por cobardía moral, que es la más miserable de las complicidades.
Ojalá la muerte de este pobre muchacho no haya sido en vano. Ojalá alguna vez Cuba pueda recuperar su libertad para entonces realizar en el Malecón un gran acto público en homenaje a la memoria de los cientos de mártires de la dictadura personal más prolongada del siglo veinte. Ojalá se entienda de una buena vez que aquellas normas de convivencia que nos diferencian de los animales y los salvajes no pueden ni deben subordinarse a las lecturas ideológicas por mas justas que parezcan. Ojalá que los humanistas del mundo, aprendan de una buena vez que ciertas garantías, ciertos principios y ciertos valores hay que defenderlos en toda circunstancia y lugar, porque el crimen siempre es crimen, la tortura siempre es tortura y el despotismo siempre es despotismo.
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9 de Marzo de 2010 en 23:53
A ver Sr. Alaniz que sabe Ud.de Cuba mas de lo que vio cuando fue con los peronistas que tanto odia?
Resumiendo, Ud. repite lo que le dicen que diga, o lo que le puede llegar a decir CNN, TN o cualquier seudo periodista, porque como Ud. sabe hay muuuchos que porque tienen la oportunidad de relacionarse se proclaman periodistas y hasta dan clase!!!
Ud. que es periodista, porque no explica tan detalladamente y con tanto conocimiento lo que esta pasando en el diario el litoral que es de nuestra region y si lo hace a su criterio con lo que supuestamente pasa en Cuba.
Se puede entender que debe escribir para satisfacer a un sector de la sociedad, pero si me permite sugerirle deberia hacerlo sin expresarlo como la verdad absoluta, porque Ud. no tiene la certeza de que esto haya pasado como lo describe estando a 14000 kms.
No se olvide que EEUU dijo que Irak tenia la bomba atomica y por ello invadio y todos “nuestros periodistas independientes” repetian y repetian lo mismo.
No se dio cuenta que hoy el periodismo es muy cuestionado porque no es objetivo y el comun de la gente custiona los dichos de estos