La noche del Ronco
Puedo llegar a imaginarme aquella madrugada de 1948. Puedo llegar a imaginarme el cielo estrellado y los adoquines de las calles en una ciudad chata rodeada de ríos. Puedo llegar a imaginarme la calle Mendoza de entonces, urbanizada hasta avenida Freyre y más allá las calles de tierra atravesadas por los huellones de los carros en una geografía de zanjones profundos, ranchos de paja y potreros cubiertos de yuyos. Puedo llegar a imaginarme la esquina de Mendoza y Roque Sáenz Peña, en el corazón del barrio Alfonso, la esquina donde se levantaba El Condal, una de las tantas pistas que en aquellos años animaban los bailes de las orillas. Puedo llegar a imaginarme los hombres de alpargatas y bombachas llegando a pie, a caballo, en sulky, a tomarse unas copas, a conversar con los amigos, a bailar al ritmo de la orquesta, expectantes algunos, indiferentes los otros, todos bien plantados, todos con el cuchillo o el revólver en la cintura disimulado debajo del saco.
Puedo llegar a imaginarme el bochincherío de las mujeres, las bocas y los ojos pintados hasta la exageración, hablando de pavadas entre ellas, riéndose de nada para disimular la excitación, mirando con disimulo a los hombres de melena alisada y lustrosa por la gomina abundante y barata o con el chambergo fanfarrón echado sobre los ojos y levemente ladeado hacia un costado. Puedo llegar a imaginarme aquella noche de 1948, húmeda, calurosa. Puedo llegar a imaginarme El Condal y la presencia sórdida y prepotente de sus dueños, ‘’los Polacos’’, desalmados, prepotentes, tramposos. Puedo llegar a imaginarme el callejón ancho, el palenque hospitalario, el portón de madera y alambre, el quincho de paja brava y, más allá, la pista de baile. Puedo llegar a imaginarme a los guapos plantados en la barra, a los bebedores con la copa en la mano y a los cafisos merodeando por entre las mesas, la mirada helada, codiciosa.
El Condal, pista de baile frecuentada por las prostitutas y las chinitas del barrio, pista donde las parejas se entreveran al ritmo de algún chamamé festivo o siguiendo los compases acariciantes de un tango. Pista de riñas y trifulcas, de hombres que se juegan la vida por una mujer o por una palabra que consideran que está de más, una mirada, un movimiento imperceptible de la cabeza o la mano y hay dos hombres que salen y se pierden en lo oscuro, lejos de la calle, más allá del zanjón, cruzando las alambradas, y al rato sólo uno regresa, se acerca a la barra, pide un trago y cuando está por salir a bailar le comenta como al pasar al amigo que el otro se ha quedado tendido con las tripas al aire, mirando con los ojos en blanco las estrellas del cielo. El Condal, la pista de baile de ‘’los Polacos’’, la pista de baile donde a las mujeres se las gana con prepo y descaro. El Condal, levantado en el arrabal de una ciudad que recién empieza a asomarse tímida más allá de los bulevares.
Han pasado los años pero todo se recuerda como si fuera ayer, el recuerdo de aquella noche de agosto de 194…, de aquella noche del sábado, cuando el Ronco, con sus diecinueve años recién cumplidos se paseaba por el centro de la ciudad de impecable traje blanco de hilo y sus aires de señorito guapo y buen mozo. Importa recordar ese sábado a la noche, porque fue ese día, o esa noche para ser más exacto, cuando el Ronco, que todavía no era conocido como el Ronco, va a iniciar su itinerario nocturno, una manera elegante de referirse a lo que en el futuro será su prontuario policial.
Es posible, es muy posible, que a la jornada el Ronco la haya iniciado con una copa en los Dos Chinos mirando como al descuido los firuletes que con el taco de billar hacía su amigo del alma. Es muy probable que después haya caminado por calle San Martín en dirección al norte y en el bar El Paulista se haya sumando a una mesa donde muchachos de su edad y de su misma condición social conversan y beben. El programa que ofrece la noche es más o menos previsible: un cumpleaños de quince en el Club del Orden, al que por supuesto todos están invitados, una fiesta en la casa de una familia amiga, una mesa de póker en una casaquinta de Guadalupe.
La noche recién empieza. Ninguno tiene más de veinte años pero, en esa ciudad de veredas angostas y caserones viejos, de tradiciones rígidas y moral flexible, ellos saben que todo les está permitido. Hijos de padres con plata y apellido, les han enseñado desde chicos que el mundo se ha hecho para que lo disfruten y, si es posible, se lo puedan llevar por delante. Ropas caras, mujeres virtuosas y de las otras, auto de papá siempre disponible, todo está puesto allí como para servirse. Los deseos se confunden con las caprichos, las pasiones con los instintos y la alegría con la violencia. Por las buenas o por las malas los gustos siempre se satisfacen y si alguna vez hay un contratiempo siempre está papá con sus influencias o su billetera para reparar lo que haya que reparar.
El más elegante, el más buen mozo, el más decidido de todos es el Ronco. Sus amigos lo respetan, lo admiran, alguno tal vez lo envidia, pero se cuida muy bien de expresar sus sentimientos porque saben que el Ronco es un buen amigo pero puede ser un temible enemigo.
Según se cuenta, sobre el filo de la medianoche lo vieron en otro bar del centro, siempre alegre, ocurrente, con esa simpatía que se confundía con el descaro y esa seguridad para desenvolverse, para actuar entre gente grande, que a algunos admiraba y a otros fastidiaba.
Con algunas copas de más el Ronco se retira del bar y en el auto que hace apenas tres o cuatro meses le regaló su padre endereza por calle Mendoza hacia el oeste, hacia ese pista de baile conocida con el nombre de El Condal que el Ronco frecuenta desde hace por lo menos un año. Va solo. Nadie lo acompaña. El tampoco ha pedido compañía. Ya sabe que a ciertos lugares de la noche hay que ir solo, que allí no necesita de los amigos del centro, ni siquiera de los más íntimos.
Es muy posible que ese sábado a la noche El Condal haya estado repleto de gente. También es posible que el Ronco haya estacionado el auto cerca del palenque, haya saludado a algunos conocidos, se haya tomado unas copas en el barra y se haya bailado un tango con Julia, la puta más linda de la noche.
Los testigos, los pocos que por no tener otra alternativa se vieron obligados a hablar, declararon luego que el muchacho era conocido en el ambiente, que era respetuoso y comedido y que si tenía alguna copa de más nadie lo había advertido. Por su lado la policía verificará que el calibre 38 que siempre lo acompañaba estaba en la guantera del auto, por lo que se descartaba la hipótesis de que había ido al Condal para ajustar alguna cuenta.
Lo demás pertenece al campo de la conjetura porque lo único que se sabe con certeza es que en algún momento el Ronco empezó a discutir con el mayor de los polacos. Todos aseguran que la diferencia que hubo entre los hombres fue una soncera, tal vez alguna palabra de más o algún comentario que el Ronco hizo sobre Julia que al Polaco no le gustó. De todos modos nadie puede jurar que las cosas se dieron de una manera o de otra. Lo que se sabe es que en estos casos una palabra trae la otra y el Polaco no era hombre de admitir que un mocoso cajetilla la faltara el respeto, muchos menos en su casa.
Nadie recuerda con precisión en qué momento se fueron a las manos. Todos coinciden en señalar que pelearon a mano limpia, como quien dice, que nadie usó armas, ni de las que cortan ni de las otras. La pelea no duró mucho, ‘’apenas lo necesario ‘’ dirá después un curioso. Pelearon en el centro de la pista, como dos leones o como dos gladiadores, dirán después los amigos del Ronco. La orquesta había hecho silencio y todos los presentes, hombres y mujeres presenciaron el duelo. Ninguno intervino. Si alguine llevaba las de perder ese era el Ronco. El Polaco era fuerte, taimado y sabía pelear. Además era el dueño de casa. El desenlace fue tan rápido que nadie pudo intervenir para impedirlo, por lo menos eso fue lo que dijeron los testigos a la policía.
La pelea no fue muy diferente a la que los hombres estaban acostumbrados a ver en el ambiente. La diferencia, en todo caso, es que fue en el centro de la pista de baile y bajo la luz de los focos. Al principio los hombres se estudiaban, se medían. Enseguida menudearon los golpes. Alguien cayó al suelo y se levantó enseguida; alguien recibió una trompada en la boca que se le llenó de sangre. ‘’Los dos estaban ensangrentados y con la ropa hecha pedazos’’ dirá una mujer. Parecían cansados, respiraban agitados, pero no hablaban, como si quisieran ahorrar energías o como si consideraran que ya estaban más allá de las palabras.
No se sabe si el Polaco cayó al suelo porque lo derribó una trompada del Ronco o porque se resbaló. Lo cierto es que el hombre cayó largo a largo y ya se estaba levantando cuando una patada del Ronco lo volvió a derribar. A partir de allí todo se resolvió con rapidez. Meticuloso, sistemático, prolijo, el Ronco empezó a patear al hombre que estaba tirado en el suelo. Fueron varias patadas, precisas, devastadoras. Nadie intervino. Nadie se animó a intervenir. Tampoco la escena duró demasiado. Cuando el Ronco subió al auto y enderezó en dirección a la ciudad, los parroquianos aseguran que el Polaco ya hacía rato que estaba muerto.
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