Campeón
Está allí. Como todas las tardes, como cada uno de todas las tardes del año. Se mueve alrededor de la mesa de billar con la gracia de un bailarín. Los ojos algo entrecerrados, el cigarrillo colgado en la boca, la ceniza como flotando en un increíble equilibrio. Se trata de un hombre que ha dejado de ser joven hace rato. Sin embargo, hay en sus movimientos, en las diversas expresiones de su rostro afilado, algo juvenil, algo aniñado, que de todos modos, sólo una mirada superficial podría confundir con la alegría.
Ahora se inclina sobre la mesa. Lo hace con lentitud, como si se agazapara, como si fuera un felino dispuesto a dar el salto. El taco pega en la bola amarilla que se desliza por el paño verde, roza una de las barandas, rebota en la otra, acaricia la bola roja y luego da de lleno sobre la amarilla. La sincronía es perfecta. Los movimientos son precisos, exactos, a pesar del leve, casi imperceptible temblor de las manos.
El hombre apoya el taco en el piso y mira la mesa. Mejor dicho la contempla, como si fuera un paisaje que merece ser mirado con detenimiento, con placer. Apoya el cigarrillo en el cenicero y toma un trago de agua. Los movimientos de sus manos son pausados, delicados podría decirse, la misma delicadeza con la que ahora toma ese pequeño dado azul y entiza la punta del taco, lo hace con sumo cuidado, como si en el mundo no hubiera nada mas importante que eso.
El hombre que juega en la mesa de billar es muy delgado, tan delgado que la ropa parece quedarle grande. El pelo y los ojos son oscuros, pero la piel es tan blanca que daría la impresión que jamás ha recibido un rayo de sol. De perfil, líneas de su rostro se afilan casi hasta consumirse. Toda su atención está puesta en la mesa. El silencio a su alrededor es absoluto porque está solo, pero daría la impresión de que si alguien lo acompañara, si alguien estuviera jugando con él, también el silencio sería absoluto.
A esa hora de la tarde el salón del club está desierto, O casi desierto. Con ese aire de abandono que suelen tener los salones viejos, algo decadentes y con una lista de socios donde abundan más los muertos que los vivos. En el mostrador de la cantina, ubicada cerca de la puerta de entrada, hay un hombre leyendo el diario. La luz de la tarde, cada vez más ´debil y difusa, que cae desde uno de los ventanales parece confundirlo con las sombras.
Ahora el hombre del mostrador deja el diario y empieza a encender las luces. El hombre es rengo, pero sus movimientos son ágiles, los movimientos de alguien que daría la impresión que se ha pasado la vida encendiendo las luces de un salón vacío, acomodando las mesas, controlando que todo esté en su lugar.
El hombre rengo se acerca al hombre flaco que continúa haciendo carambolas a dos y tres bandas. Durante un rato se queda al costado mirando esa sinfonía de luces que se desplaza por el paño verde. Nadie habla, pero en algún momento el hombre flaco parece advertir la presencia del hombre rengo. No se alarma, no se inquieta, es como que está esperando su llegada porque inmediatamente deja de jugar, apoya el taco en la mesa y sonríe. Es un sonrisa tímida, la sonrisa de alguien que ha sido sorprendido en falta y no se atreve a pedir disculpas, aunque en el fondo sabe que no necesita pedirlas.
Sin decir una palabra, como si cada uno supiera lo que tiene que hacer, el hombre rengo lo toma del brazo con mucho afecto, como si lo estuviera cuidando o protegiendo. Los dos hombres caminan en dirección a la cantina. Pareciera que van tomados del brazo, pero si se presta atención podría apreciarse que en realidad uno conduce al otro.
El hombre flaco ahora está sentado en una silla leyendo una revista. Los hombrees que a esa hora entran al salón pasan a su lado. Todos lo saludan. El responde con un gesto, apenas con un movimiento de los labios, sin dejar de leer, como sino tuviera otra cosa que hacer que leer una vieja revista de caballos de carrera.
El hombre rengo está en la barra atendiendo los pedidos de los clientes. En algún momento se acerca al hombre flaco y le deja en el banquito que está al lado un pocillo de café. El hombre flaco sin dejar de leer toma el café caliente de un de un trago, como si fuera agua. O como si fuera aire.
Cuatro o cinco horas después en el salón del club los hombres conversan, juegan a las cartas o al billar. Se divierten o se aburren, lo mismo da. El hombre flaco los mira con los ojos de quien está acostumbrado desde siempre a contemplar ese espectáculo. Es una mirada distraídas, indiferente, la mirada de alguien que no se le ocurre otra cosas que estar sentado allí mirando a hombres que hacen cosas que no le interesan.
En algún momento se levanta y camina hacia la puerta. No saluda a nadie y nadie lo saluda a él. Desde la puerta del salón pasea su mirada por las mesas donde los hombres juegan al billar. Es la mirada de alguien que se despide o que no quisiera retirarse, pero sabe que tiene que hacerlo, que por más que su deseo sea quedarse, debe irse. Es una mirada triste la suya, una mirada que se corresponde con una sonrisa floja, desganada, más parecida a un rictus que a una expresión de alegría.
Cuando está a punto de cruzar la puerta uno de los muchachos del bar lo llama. El daría la impresión que no lo ha escuchado porque no se da vuelta, pero se queda parado, como esperando. La persona que lo ha llamado se acerca con el taco de billar en la mano. Conversan. En realidad el que habla es el muchacho. Por sus gestos daría la impresión de que lo está invitando a jugar. El hombre flaco sólo se limita a mover la cabeza. No habla. Pareciera que no tiene necesidad de hacerlo. Se despiden. El muchacho le ofrece un cigarrillo y el hombre flaco lo acepta. Se lo pone en la oreja y ahora sí sale del salón.
A un costado, entre la escalera y la puerta de vidrio giratoria que da a la calle, han improvisado algo así como un living. En la pared hay colgadas numerosas fotos. La luz en ese rincón de la sala es débil, pero si se presta atención las imágenes de las fotos pueden distinguirse. El hombre flaco se ha parado al costado de uno de los sillones y las mira. Su expresión sigue siendo desganada, indiferente, pero la mano izquierda la ha metido en el bolsillo, mientras que con la otro sostiene el cigarrillo apagado. Debajo de cada una de las fotos están escritos los nombres de los campeones de billar. Alrededor de los hombres las imágenes registran las expresiones de la gente que siguen con atención las peripecias del juego.
En algunos fotos los jugadores están jugando, en otros sonríen después de recibir el premio, una copa o una medalla. En la mayoría de las fotos hay un hombre flaco. Hay una en particular en la que se lo ve en el momento justo en que va a taquear. Las personas que están paradas a su alrededor miran el taco como si estuvieran hipnotizadas. En otros fotos se lo ve parado al lado de otros hombres con la copa en la mano. Su sonrisa es tímida, como si le diera vergüenza estar en ese lugar.
Sale a la calle. Es de noche y hace calor. Camina por las veredas del barrio que conoce de memoria. Alto, los hombros algo caídos, demasiado flaco, demasiado desganado, con esa camina blanca que parece enorme para su cuerpo. Su casa está a dos cuadras del club. El paisaje es el de siempre: la casa abandonada de la esquina, el kiosco de cigarrillos a mitad de cuadra, el caserón antiguo, con esa mujer sola que todas las noches está en la vereda sentada en un sillón leyendo el diario o tejiendo. Después la bocacalle, el baldío que alguna vez fue improvisada canchita de fútbol, los dos chalecitos con sus prolijos jardines al frente y, casi llegando a la esquina, su casa.
Saca la llave del bolsillo. Abre la puerta y entra. No enciende la llave de la luz, tal vez para no molestar a su madre que a esta hora hace rato que está durmiendo. Camina hasta la cocina. Entra, cierra la puerta y recién entonces enciende la luz. Sabe que en el horno su madre le ha dejado la cena. Sabe que como todas las noches va a retirar la fuente, la va apoyar sobre la mesa y después va a cenar sin ganas.
Desde donde está parado mira la cocina que está casi al lado de la puerta, pero a lo que presta más atención es a las dos hornallas, las dos de adelante. Ahora mira sus manos, sus manos blancas, los dedos largos, delgados, el levísimo temblor, la izquierda más que la derecha.
Del bolsillo de la camisa saca un encendedor. Enciende la hornalla derecha, después la izquierda. Lo hace despacio, como cumpliendo con una ceremonia. Durante un rato se queda mirando las llamas azuladas que vacilan en el aire. Después cierra los ojos, levanta las manos las acerca al fuego. Si no fuera por el detalle de las manos apoyadas en el fuego, podía decirse que está tranquilo. O resignado. Como si lo que estuviera haciendo le devolviera cierta paz, o como si fuera una obligación que por un motivo o por otro en algún momento era indispensable cumplir.
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